Durante años me vendieron la idea de que escribir era un asunto de elegidos; una suerte de antena cósmica que captaba historias mientras los demás nos conformábamos con frases balbucientes. Después descubrí la verdad: los maestros no tenían antenas, tenían herramientas. Y las ocultaban tras una cortina de humo hecha de misticismo y teorías impenetrables.
La historia no te encuentra: a la historia hay que levantarla con los fundamentos del oficio.
El mito del talento y la realidad del carpintero
Es hora de desmontar esa mentira tan cara: la escritura no es una canalización espiritual reservada para almas sensibles. Se parece mucho más a la carpintería que a la magia. Lejos de quitarle encanto, esta certeza la vuelve, por fin, algo accesible. Si llevas años encallado porque «no fluyes», lo que te falta no es genio, sino un plano.
En los talleres suelen hablar de «encontrar la voz» como quien busca el Santo Grial. Te dicen que la técnica mata la frescura. Mentira. La técnica es, precisamente, lo que permite que la creatividad no se desmorone. Un pianista no improvisa jazz sin conocer las escalas, ni un arquitecto sostiene un edificio solo con intuición espacial. Admitir que usamos estructuras y que calculamos el peso de cada escena no es traicionar al arte; es respetarlo.
Construir con cimientos (y por qué tu novela no avanza)
Imagina que quieres levantar una casa. No contratarías a alguien que diga: «Voy a cerrar los ojos y dejar que el espíritu de la arquitectura me guíe». Buscarías a quien sepa de vigas y distribución de cargas.
La narrativa exige lo mismo. Necesita una estructura que soporte el drama. He visto a escritores con un talento desbordante estrellarse en el tercer capítulo porque escriben escenas hermosas que no conducen a nada. Un alumno me mostró una vez casi doscientas páginas de una prosa impecable sobre un hombre que caminaba y reflexionaba por la ciudad. Estaba bien escrito, pero no funcionaba.
Le pregunté: «¿Qué quiere tu personaje que no puede obtener?». Se quedó mudo. Los talleres le habían enseñado a dejar que el personaje «se revelara solo». Pero el oficio exige preguntas concretas: ¿Qué busca el protagonista? ¿Qué se le interpone? ¿Qué pierde si no lo logra? Eso es el cemento: las vigas que transforman una idea vaga en una construcción sólida.
Del misticismo a la ingeniería narrativa
Cemento Narrativo no es otro manual de teoría literaria. Es un libro de ingeniería para quienes cuentan historias. No te pide que escribas sobre «la soledad», te pide una premisa: un hombre de cincuenta años que descubre que su círculo social dependía de su exmujer y debe reconstruir su vida mientras lidia con una enfermedad. Eso tiene dirección y conflicto.
Tres mil horas de producción me enseñaron algo brutal: el lector no perdona la confusión. Si alguien abandona tu libro, rara vez es por falta de sofisticación; suele ser porque fallaste en la construcción. El oficio te enseña a revisar los cimientos antes de echarle la culpa al público.
Escribir dejó de ser un culto para iluminados. En el mundo real se cuentan historias poderosas en series, podcasts y novelas, y se hace con una técnica deliberada. Al final, narrar es un oficio humano y antiguo, disponible para cualquiera que esté dispuesto a aprender cómo se mezcla el cemento.