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Antes de que te vuelvas un mito: por qué urge escribir tus memorias

Tu memoria redibuja tu pasado cada vez que lo recuerdas. Aprende por qué escribir tus memorias después de los 50 preserva quién realmente eras, no quien crees que fuiste.

Antes de que te vuelvas un mito: por qué urge escribir tus memorias

Tu madre guarda en una caja de zapatos treinta años de cartas que nunca volverá a leer. Tu padre menciona «aquella vez en Guadalajara» como si todos estuviéramos en su cabeza. Tu tío repite la misma anécdota cada Navidad, pero con cada año los detalles se desdibujan o se transforman.

La memoria humana no es un archivo inalterable; se parece más a un óleo que retocamos cada vez que volvemos a él, añadiendo sombras aquí y borrando trazos allá. Y un día, sin que nadie lo note, la persona que fuiste a los veinticinco años —con sus ambiciones absurdas y sus certezas de granito— se convierte en un personaje tan difuso como el protagonista de una película que viste hace décadas.

Escribir las propias memorias no es un acto de vanidad. Es un ejercicio de precisión.

Esto no es lo que imaginas

Olvidemos por un momento la estampa del escritor canoso en su biblioteca de caoba, cavilando sobre «su legado». Relatar la propia vida no requiere haber fundado imperios, haber sobrevivido a guerras o haber cenado con presidentes. Requiere, simplemente, haber estado vivo. Y haber prestado atención.

Las memorias que importan no son siempre las de los próceres, sino las de quienes transitaron épocas de cambio sin advertir que estaban en medio de la Historia. Tu abuela, que aprendió mecanografía cuando el mundo no quería que las mujeres trabajaran. Tu padre, el que vio desembarcar la televisión en su pueblo. Tú, que has usado máquinas de escribir, computadoras y teléfonos inteligentes para hacer exactamente lo mismo: intentar comunicarte.

Esos detalles —la textura de las teclas, el aroma de la cinta entintada, el chirrido del módem al conectarse— son los primeros en desaparecer. Son, también, lo único que tus nietos no podrán encontrar en una búsqueda de Google en el 2050.

El espejismo del momento adecuado

Conozco a un hombre de sesenta y ocho años que lleva un lustro «preparándose» para el primer párrafo. Se ha hecho una biblioteca sobre el tema, ha garabateado libretas enteras y tiene las fotografías de su infancia ordenadas en carpetas digitales con nombres tan definitivos como estériles. A la fecha, no ha escrito una sola línea.

Ese momento ideal no existe: redactar lo vivido no es un proyecto con fecha de entrega, sino una charla que uno entabla consigo mismo. Es un diálogo entre quien eres hoy y quien fuiste alguna vez. En el acto de recordar, uno descubre pautas que se le habían escapado y entiende, por fin, que aquellas decisiones que parecieron arbitrarias tenían un peso específico en el engranaje de los años.

A los cincuenta o sesenta años posees algo que no tenías a los treinta: perspectiva. Ves tu vida no como una carrera de logros, sino como un sistema complejo donde cada suceso modificó al siguiente. Esperar más solo garantiza que el olvido se lleve los nombres de las calles, los apodos de la infancia o la razón exacta por la que renunciaste a aquel trabajo que parecía perfecto.

Lo que los hijos callan (y lo que no se atreven a preguntar)

Hace un par de años, una mujer de cincuenta y tantos me buscó para ponerle orden a sus recuerdos. No le interesaba la imprenta; quería entregarle ese fajo de papeles a su hija cuando cumpliera los treinta. «Necesito que sepa quién era yo antes de que me nombrara "mamá"», me confesó.

El manuscrito terminó siendo un mapa de lo invisible: ahí estaba el primer amor, el duelo mudo de un aborto espontáneo, los años en que la depresión le nubló la vista y las ambiciones que guardó en un cajón, sin amargura, pero con memoria. Al leerlo, su hija no lloró de tristeza. Lloró porque, por primera vez, reconoció a la mujer que habitaba detrás del personaje.

Tus hijos te conocen en una sola faceta. No tienen idea del joven que fuiste antes de que el peso del mundo te domesticara el carácter. Ignoran los sacrificios que hiciste en silencio y las otras personas que pudiste ser. Casi nunca preguntan; quizás por miedo a incomodarte o porque asumen que, si algo importara, ya se los habrías contado. Escribir las memorias permite saltarse ese pudor.

La identidad como construcción colectiva

Mi abuelo murió sin haber dejado nada por escrito. Lo que sé de él proviene de tres fuentes: las anécdotas que mi padre repetía como un disco rayado, las fotografías mudas que no explican nada y mis propias invenciones para rellenar los huecos. ¿Era generoso o solo descuidado con el dinero? ¿Era callado por naturaleza o porque la vida lo había desgastado? Nunca lo sabré.

La identidad familiar se construye con relatos y, cuando no hay documentos, recurrimos a la ficción. Cada generación reescribe a la anterior según sus propios prejuicios. Tus memorias son tu defensa contra esa invención inevitable; son un punto de referencia, tu versión de los hechos, antes de que otros tengan que adivinar quién fuiste.

La verdad sin adornos

Hay algo que nadie te dice: porque no vende libros. Escribir sobre uno mismo agota. No es solo teclear; es volver a pasar por el cuerpo aquellas relaciones que terminaron mal y admitir los errores que hirieron a quienes querías. Es confrontar a ese que fuiste para descubrir que tu memoria ha editado los hechos, de modo que puedas vivir con ellos. La realidad es que puede ser amarga, vergonzosa e inquietante.

Aun así, el esfuerzo vale la pena. La alternativa es la dilución: una vida de sucesos intensos que se va deslavando hasta que no queda de ella más que un registro civil. Tu historia no necesita ser la de un héroe para merecer el papel; basta con que sea la tuya y que la rescates con precisión antes de que los detalles se vuelvan leyenda o silencio.

No escribas para la posteridad —esa es una ambición hueca—. Escribe para ese nieto que en el 2060 se preguntará cómo era el mundo antes de que todo cambiara; Para esa hija que necesita entender que tú también fuiste joven y confundido. Pero, sobre todo, escribe para ti, para que tu paso por aquí no sea una suma de eventos aleatorios, sino un relato con sentido.

Dime una cosa: si hoy vencieras la inercia, ¿qué escena de tu vida sería la primera en reclamar su lugar en el papel?




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